martes, 26 de junio de 2012

Diamante Mandarín



 
En un oscuro océano bañado por un esplendoroso amanecer, una nube negra, que empañaba el paisaje, se acercaba surcando el horizonte, delante de esta, una bandada de Diamante Mandarín escapaba de ella como sus delicadas alas les permitían.
Estas aves son coloridas dependiendo de su sexo, los machos desprenden color de cada partícula de su diminuto cuerpo, vivos colores nacen de su ser para mostrarse en cada zona visible de todo él y las hembras son hermosas a su modo, a pesar de ser casi enteramente grisáceas, dos pequeños coloretes blancos asoman en sus mejillas y su pico rojo ilumina su vuelo en la altura.
Una de esas coloridas aves quedó atrás, pues su insignificante cuerpo no era rival ante  el viento que la tormenta presentaba, se precipitó hacia el vacío y cuando parecía caer en picado, se deslizó cual pluma surcando el viento, pero aun así, seguía descendiendo sin control alguno. Mientras caía se dio cuenta de la hermosura del paisaje, todo era negro, oscuro, provocado por la mezcla entre la tormenta allí presente  y esa gran masa acuosa que se balanceaba a sus pies, entonces descubrió la soledad, esa bonita y relajante sensación, se enamoró de ella, respiró y se dejó llevar. Nunca antes había experimentado aquello, siempre amarrado a aquella bandada que de pequeño le habían otorgado, por una vez en su corta vida se sintió libre, no requería a nadie de su especie ni de ninguna otra, todo dependía de él.
De repente salió de aquel sueño que inútilmente le invadía, debido a que las aguas de ese estrepitoso mar, en el cual no se había fijado, estaban más alteradas que en las últimas semanas y sin darse cuenta se sumergía en esas espirales de agua incontroladas.
No podía respirar, el agua empezaba a inundar sus pulmones y le oprimía toda su materia. Corrientes azotaban su colorido rostro sin el mínimo descanso. No paraba de girar como si un remolino se hubiera apoderado de su fuerza. Una de esas corrientes la llevó hacia la superficie y por un momento creyó salir, respirar de nuevo, pero tan solo fueron unos instantes, otra vez sentía la oscuridad marítima en su ser, todo era negro, la vida se le empezaba a escapar, no sabía a que medio recurrir para salvarse, para volver a ver a esos pájaros que anteriormente había despreciado pero que ahora ansiaba volver a sentir, no sabía que hacer, la mente se le empezaba a nublar. ¿Cómo actuar?
En un momento inesperado saco fuerzas de lugares que desconocía, aleteó, sus alas se movían de arriba a abajo como nunca antes lo habían hecho, su cabeza asomó de entre las aguas, pero una ola arremetió contra ella, la sal del mar se filtraba por su lagrimal y enrojecía sus minúsculos ojos, el dolor y el cansancio se apoderaba de él, pero sabía que podía, sabía que recorrer tantos kilómetros anualmente le debían servir de algo y se acordó de su infancia. Cuando tan solo era un polluelo su madre le enseñó a volar, gracias a ella conocía todas las técnicas existentes de como utilizar esas alitas como grandes hélices a la hora de volar. Pero en este caso no se trataba de aire, era agua, y esa sensación de frío recorría todo su ser. El hecho de haber recordado a su madre le dio las fuerzas suficientes de volver a intentarlo y esta vez si lo consiguió, sus alas aleteaban de un modo incesante. Vislumbró las nubes que le habían derribado con anterioridad y voló hacia ellas, su mayor dilema era el peso de sus alas, al estar mojadas, se había incrementado notablemente.
Por la diferencia de temperatura entre el mar y la zona exterior, un vapor naciente de la superficie acuosa impedía la vista más allá y por ello a nuestro pajarito se le complicó aún más su trayectoria, y las fuerzas precisamente no es que le sobraran.
En un momento inesperado, un gorjeo se escabullía de la tormenta y el diamante mandarín que acababa de salir del agua lo interceptó y rápidamente supo de quien se trataba, era un ave esplendorosa de la cual había sentido envidia en varias ocasiones, un galán del mundo aviar y un gran pájaro, era su hermano, de ahí que hubiera ido a ayudarle o al menos a ver como se encontraba. El pájaro recién llegado se sorprendió ante la estampa allí presente, el pájaro que más quería estaba mojado, triste y eso le corrompía el corazón. Entonces decidió amarrar sus dos patas a la zona occipital y a parte de la espalda y tiró de él hacia arriba, un brillo de esperanza se encendió en los ojos del ave que colgaba, el cual se sintió avergonzado por la necesidad de que su hermano le cuidara y echó a volar por sus propios medios. A pesar del adormecimiento de gran parte de su cuerpo, volver a volar no le supuso mucho esfuerzo. 
Las dos aves, juntas, se dirigieron a esas oscuras nubes, se dieron fuerzas con la mirada y agitaron cada ápice de su cuerpo con el fin de que nada les dañara.
 Su vuelo les resultó el más largo de sus vidas, parecía que esas nubes se alejaban a cada aleteo que daban, pero estaban ahí, sabían que llegarían, por tanto, le pusieron mucho empeño.
Al llegar a las nubes temían que alguno de esos relámpagos les pudiera alcanzar, pero por suerte no fue así y consiguieron alcanzar su propósito.
Una vez al otro lado de las nubes  un resplandor cegó a los dos pájaros y sonrieron interior y exteriormente. Se dirigieron hacia esa luz, sabiendo que era su salvación, pararon el vuelo y se mantuvieron en altura estable. A lo lejos se divisaba el resto de la bandada, se unieron a ellos y se dirigieron a su próximo destino, su hogar, donde su madre les esperaba ansiadamente.
De aquí podemos obtener una gran moraleja. Por muy adversa que pueda ser la existencia, por muchos altibajos que podamos encontrar, por muchas veces que caigamos, siempre,  a no ser que se trate de la muerte, podemos salir de esa situación.
También es cierto que a veces a nosotros solos nos cuesta llevar algo a cabo, pero siempre habrá alguien dispuesto a ayudarnos a conseguir salir de un problema o llegar a nuestros propósitos. Para poder llegar a esto, es cierto que hay que tener fuerza y mucha voluntad, pero merece la pena siempre y cuando nuestro objetivo sea encontrar esa luz.


                                                                                      D'Ascoli

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